Algunas notas sobre la figura de los líderes chaqueños en las postrimerías del siglo XVIII

Beatriz Vitar
Instituto de Historia. Consejo Superior de
Investigaciones Científicas. Madrid.

Introducción: La política de fronteras entre 1767 y 1800

Al analizar la evolución del liderazgo entre los grupos chaqueños en la etapa colonizadora que se extiende desde la expulsión de los jesuitas hasta finales del siglo XVIII, es importante considerar los cambios operados en la política fronteriza de los dominios indianos bajo los dictados del reformismo borbónico. En ese nuevo contexto, la estrategia colonizadora tuvo como eje fundamental el control de los pueblos  autóctonos no sometidos, mediante campañas de pacificación, [1]  cuyo objetivo era integrarlos al sistema defensivo de la frontera en calidad de "indios amigos", tal como se venía practicando a través de la guerra ofensiva desarrollada por el Tucumán (Vitar, 1997), junto con la incorporación al engranaje productivo colonial mediante su empleo como mano de obra en los establecimientos coloniales fronterizos. El dominio del Chaco era una necesidad impostergable ante la necesidad de tierras que experimentaba un frente pastoril en plena expansión: "la provincia, libre de los enemigos que la hostilizan, en venganza del rigor con que eran tratados, podrá conseguir aprovecharse de estos fértiles territorios, aumentando sus crías de ganados, con los engordes de sus abundantes pastos" [2].

Con la pacificación de los grupos guerreros chaqueños más combativos se buscaba también alejar la sombra de posibles alianzas y tratos con los portugueses, especialmente por parte de los mbayá guaycurú cercanos a Paraguay; no obstante, en el caso chaqueño, la amenaza de los enemigos externos no fue lo suficientemente acusada como para permitir a los indígenas la obtención de mayores concesiones en sus acuerdos con el mundo colonial (Weber, 1998: 163). De cualquier modo, el sometimiento de la población nativa mediante el desarrollo de expediciones pacificadoras y de la diplomacia fronteriza constituye una buena muestra del pensamiento ilustrado de la época, tal como queda reflejado en las opiniones de Azara respecto de los planes de colonización del Chaco: "lo que encuentro mejor y único en el día es entablar buen trato y comercio con dichos bárbaros, para que por su propio interés conserven la paz". [3]

Conforme a las innovaciones introducidas en la política fronteriza bajo las reformas borbónicas, más que macro- expediciones militares al interior chaqueño -las famosas campañas "punitivas" que se venían practicando desde el siglo XVII- se privilegió la vía diplomática, dando lugar a una verdadera cruzada pactista para neutralizar la belicosidad de los guerreros guaycurú. En ese proceso de negociaciones desarrollado en el último cuarto del siglo XVIII cobró especial relieve la figura de los líderes chaqueños, que se transformaron en piezas claves dentro del entramado de relaciones fronterizas.

Consecuentemente con el mayor control de las fronteras en el periodo que nos ocupa, se produjeron cambios importantes en la organización administrativa indiana, resultando afectada la antigua gobernación del Tucumán. Al crearse el Virreinato del Río de la Plata en 1776, dicha provincia quedó bajo la órbita de Buenos Aires, rompiendo su secular dependencia con Charcas. Años después, el establecimiento del régimen de Intendencias (1783), ocasionó el desmembramiento de la gobernación tucumana, que quedó reducida a cinco ciudades: Salta -la capital-, Córdoba, San Miguel, Santiago y Catamarca. En lo que respecta a la colonización chaqueña, los ajustes jurisdiccionales trajeron aparejadas ciertas medidas que promovieron una activación del proceso reduccional, ya que desde 1777 se delegó en los virreyes las facultades necesarias para propiciar y adelantar las reducciones (Acevedo, 1965: 35-36), agilizándose así las consultas y trámites previos a su fundación.     

El complejo reduccional situado en la frontera tucumano-chaqueña, heredado de la época jesuítica, estaba compuesto por las misiones de Miraflores y Balbuena (lules), Petacas, Macapillo y Ortega (vilelas), San Ignacio (tobas) y Concepción (abipones), repartidas en las jurisdicciones de Salta, Jujuy y Santiago del Estero. En nuestro análisis, tendremos en cuenta el proceso "pacificador" propulsado desde la provincia del Tucumán, empeñada desde hacía largo tiempo en la guerra ofensiva contra los guaycurú del Chaco, con el objeto de reforzar el conjunto misional-militar establecido en su frontera oriental. El último cuarto del siglo XVIII fue pródigo en la realización de Visitas gubernamentales a las reducciones chaqueñas, realizándose además dos grandes expediciones "pacificadoras": la de Gerónimo Matorras en 1774 y la de Francisco Gabino Arias en 1780, complementaria de la anterior en cuanto al cometido de erigir las reducciones "negociadas" en la expedición precedente. Las Visitas cubrían una faceta importante en el desarrollo de la nueva estrategia fronteriza, ya que durante su celebración se confirmaba la autoridad de caciques y demás "mandones" y se levantaba un prolijo padrón de los pueblos, de cara a la utilización del trabajo indígena, tareas éstas que estaban a cargo del doctrinero, del cacique y de capitanes "ladinos en lengua española". [4] Por lo demás, tanto las Visitas como las expediciones pacificadoras implicaban la entrega de "dádivas" -un conjunto de productos diversos- que se convirtieron en el símbolo de la nueva táctica fronteriza, abocada a la consecución de un "trato amigable" con los indígenas. Esta política del agasajo -que iba dirigida principalmente a caciques y principales e insumía una porción significativa de los presupuestos destinados a la pacificación de las fronteras- [5], apuntaba sobre todo a la sujeción de los indios por medio de bienes respecto de los cuales habían desarrollado una gran dependencia, como resultado de las incursiones bélicas y de los intercambios pacíficos en las fronteras.

Con respecto a las expediciones chaqueñas del periodo que tratamos, las mismas consignas enviadas desde la metrópoli reflejaban el cambio de criterio respecto de la estrategia a seguir con la población no sometida: en una comunicación enviada por el Consejo de Indias a Jerónimo Matorras, se le recordaba que conforme a un Real Decreto de 1767, al expedir los despachos debía figurar "en lugar de la palabra conquista [usada por dicho gobernador], las de reducción y población". [6] Dentro del plan reduccional trazado por Matorras se hallaba la fundación de la misión Santa Rosa (1773), cerca de la de Macapillo, en Salta, con un grupo de indios vilela que habían salido a pedir reducción durante la Visita ejecutada en 1771, llevándose a cabo años más tarde la expedición "pacificadora" que firmó el famoso tratado de 1774 con el jefe mocoví Paikín -reconocido como "gran caporal del Chaco"-, episodio de gran trascendencia para el proceso pactista-reduccional operado con posterioridad.

Poco después, la empresa reduccional chaqueña experimentó importantes avances mediante la visita del gobernador Mestre a las fronteras en 1778, la creación de una Junta Reduccional en 1779 y la fundación de la reducción de mataguayos en Zenta en 1779, al norte de Jujuy; se promovió además una expedición reduccional al mando del comandante Francisco Gabino Arias y del canónigo Suárez de Cantillana, ejecutada en 1780, que llegó a celebrar "parlamentos" con los grupos mocoví liderados por el cacique Queiaveri, representante de Lachiriquin -sucesor de Paikín-, para el establecimiento de las misiones acordadas en 1774. Producto de tales negocaciones fueron las misiones de San Bernardo de Vértiz y Nuestra Señora de los Dolores de La Cangayé, ambas a orillas del Bermejo y en pleno territorio chaqueño, aunque sólo lograron subsistir durante una década debido a múltiples dificultades, entre las que cabe señalar la existencia de factores ambientales adversos, la falta de apoyo gubernamental y la resistencia indígena (Acevedo,1965).

Además de estos emprendimientos, en la etapa estudiada se puso en práctica la política de "agregación" de misiones, con el fin de economizar esfuerzos y ejercer un mayor control de la población indígena que iba reduciéndose, mediante su concentración en los pueblos ya existentes. Paralelamente, se centralizó el gobierno de las reducciones designándose al canónigo Suárez de Cantillana como superior general de todas las misiones del Tucumán (Acevedo,1965). En la etapa reduccional iniciada tras la expulsión de los jesuitas, la mala administración de las Temporalidades -y en consecuencia la pérdida de medios materiales de subsistencia-, además del problema de la dispersión de los indígenas y del estado decadente de las misiones fronterizas, motivaron el sistema de "agregación" de reducciones, rompiendo el principio de la separación étnica defendido por la Compañía. Durante el gobierno del intendente Mestre la reducción Ortega (del grupo omoampa de la "nación" vilela) recibió a los grupos ocoles, chunupíes y malbalaes que acababan de salir del Chaco; por su parte, los vilela de Santa Rosa, tras la disolución de su pueblo, fueron conducidos a la reducción lule de Balbuena. Mestre propuso además que los indios "más adelantados de la de Petacas" se transformaron en vasallos libres y tributarios sujetos a la autoridad temporal y espiritual, lo que se concretaría tiempo después, durante el gobierno del intendente García Pizarro (Acevedo, 1965: 181).

Durante el mandato de este último, se intentó vender además una parte de las tierras de la reducción de Macapillo para adquirir ganados y útiles para mantener a los indígenas, provocando las airadas protestas de su cacique. Por lo demás, los grupos vilela llevados de Santa Rosa a Balbuena fueron nuevamente trasladados, esta vez a Miraflores. En 1785, García Pizarro visitó la misión mataguaya de Zenta y el fuerte de San Andrés en el norte de Jujuy, observando la escasa utilidad de ambos establecimientos, de donde surgiría el proyecto de fundar Nueva Orán. Por este tiempo, según Acevedo (1965), se habría producido el traslado de los indios de la extinguida reducción de Petacas a la de Ortega, aunque tanto esta medida como las anteriormente señaladas no consiguieron el repunte de las misiones, en franco declive desde el alejamiento de los jesuitas.

Las diferentes soluciones ensayadas por los gobiernos tucumanos con respecto a las misiones fronterizas, juntamente con los avances de los fuertes hacia el interior del territorio chaqueño [7], ponían de manifiesto la presencia de un cerco colonial que estrechaba cada vez más a los grupos no reducidos. Ante tales circunstancias, a las que se sumó la presión ejercida por la expansión económica en las tierras de frontera (estancias ganaderas y cañaverales), algunos grupos del Chaco entraron en la dinámica de pactar y acogerse a la vida reduccional.

En este juego de la oferta y la demanda de reducción -valga la expresión- fue fundamental la intervención de los caciques, a quienes los testimonios de la época muestran en una actitud favorable a los acuerdos de paz, mediante los cuales buscaban  protección frente a los conflictos interétnicos y el acceso a ciertos recursos como ganado, caballos, metal y diversas mercancías. En el desarrollo de esas transacciones con el mundo colonial, emerge un tipo de líder cuyo protagonismo no deriva precisamente de su accionar guerrero, sino del ejercicio de su habilidad negociadora a fin de obtener las mayores ventajas posibles en sus tratos con el frente pionero.

La cuestión de la jefatura entre los pueblos chaqueños

Al hablar de las sociedades "primitivas" Pierre Clastres señalaba la guerra como la circunstancia excepcional durante la cual se toleraba la unión provisional entre jefatura y autoridad (Clastres, 1981: 42), aspecto que ha sido señalado también en la mayoría de las fuentes misioneras sobre el Chaco; ello nos conduciría fácilmente a concluir que la omnipresencia de la guerra propulsó la consolidación de liderazgos en el seno de las comunidades chaqueñas. La intensa interacción con otros grupos, ya fuesen enemigos o amigos, como observa el autor antes citado, vale decir la realización de operativos bélicos, la organización defensiva o la concertación de alianzas, ponían inevitablemente en acción a los líderes guerreros, afianzándose su autoridad en el grupo. En este sentido, diversos estudios han destacado el impacto de la guerra en la consolidación de un liderazgo militar en áreas fronterizas conflictivas de la América colonial (Lázaro Avila, 1997a: 26). De hecho el casi continuo estado bélico en que vemos desenvolverse la vida de las comunidades chaqueñas -guerras intra e intergrupales y contra los enemigos blancos- durante el periodo hispánico forjó a los líderes guerreros en el desarrollo de operaciones bélicas exitosas y en la obtención de botines tan valiosos como cueros cabelludos, mujeres y niños del enemigo o ganado vacuno y caballar; por lo demás, la posesión de determinados bienes facilitaba la entrega de dotes para el matrimonio y por ende un número mayor de mujeres, tal como ocurría entre los caciques. Como resultado del botín incautado en las guerras y en las incursiones a las colonias, la incorporación de los caballos alteró no sólo el sentido de la guerra chaqueña, sino que introdujo también un objetivo más a perseguir en esa carrera hacia el prestigio en la que se hallaban embarcados los guerreros (Clastres, 1981).

Sin embargo, en la etapa colonizadora que estudiamos, fueron paradójicamente la política de "pacificación" y el despliegue de la diplomacia fronteriza los factores que más activamente coadyuvaron a la consolidación de los líderes, dada la práctica de una política negociadora con el mundo colonial y el desarrollo paralelo de un acopio de bienes (los que como señal de distinción se les obsequiaba en las Visitas y durante las firmas de pactos), que implicaban prestigio y acentuaban su posición diferenciada de dichos jefes dentro de la comunidad. Al igual que el ejercicio de la guerra fue causa de su afianzamiento, la oleada pactista alentada por los españoles representaba otra vía de promoción de las jefaturas indígenas, no sólo por la necesidad del frente pionero de contar con interlocutores válidos para la celebración de acuerdos, sino también por la ratificación de poderes inherente a dichos actos diplomáticos, lo que suponía además la entrega de dádivas e insignias de mando en medio de un minucioso ceremonial preparado a tal efecto. Por lo demás, el pactismo abría nuevas vías de promoción a miembros de la comunidad que no ostentaban funciones preeminentes, pero que sí se habían distinguido por su papel de intérpretes o ladinos en las negociaciones de paz. Ahora bien, este liderazgo consolidado en el marco de la expansión colonial al Chaco y de la intensificación de la diplomacia fronteriza ofrece el matiz de un poder condicionado a las exigencias del frente pionero; en el nuevo marco de relaciones fronterizas, los caciques debían reunir ciertos requisitos que los volvía más "aceptables" de cara a las necesidades coloniales, tal como era su disponibilidad a ajustarse al sistema reduccional y contribuir a su estabilidad evitando la dispersión de la población reducida, facilitando así su utilización como mano de obra en las haciendas, cañaverales u obras públicas de las ciudades, ámbitos todos que operaban a su vez como fuentes de suministro de bienes y recursos diversos. Concientes de esas necesidades, las expediciones al Chaco iban cargadas de ropas, baraterías, bastimentos, mulas, caballos y reses [8] para repartir a los caciques que solicitaban reducción "por conocer son éstos los verdaderos medios para conseguir sus conversiones". [9]

En relación al liderazgo entre las "sociedades sin Estado" -modelo en el que se incluye a los pueblos guerreros chaqueños- Clastres (1981) proclamaba que "la jefatura en la sociedad primitiva no es sino el lugar supuesto, aparente del poder" (p. 116), siendo el líder la figura encargada de velar por la unidad y la igualdad entre todos los componentes del grupo y de afirmar la autonomía de éste frente a los Otros; si bien esta situación era más factible en el marco de la organización por bandas (varias familias regidas por un jefe) y de la práctica de un seminomadismo, [10] difícilmente podría mantenerse en el contexto de grandes alianzas o en el estado de sedentarismo misional en que se produce un contacto más estrecho con diferentes sectores del mundo colonial.

En este sentido, para un análisis de la evolución de la jefatura dentro de las comunidades chaqueñas es preciso atender a la voz disonante de los chamanes en defensa de las tradiciones ancestrales, lo que supuso en ocasiones la falta de consenso a las decisiones de los líderes políticos, originando tensiones y conflictos de poder cuando no el surgimiento de movimientos de tipo mesiánico, fenómeno insuficientemente analizado en el caso de las comunidades chaqueñas.

Dentro de la problemática de las relaciones entre los diferentes tipos de líderes en el marco de las interacciones con el mundo blanco, cabría anotar que los estudios realizados sobre la evolución de la jefatura entre otros grupos indígenas, como los pai-tavytera del Paraguay, han permitido constatar un mayor dinamismo del liderazgo político frente a la tendencia continuista del liderazgo religioso (Schmundt, 1997). Una muestra de ese pragmatismo de las jefaturas civiles ante los condicionamientos coloniales, lo hallamos entre los jefes mataguayo, como respuesta a la presión colonial fronteriza y a la necesidad de aprovisionarse de ciertos recursos de difícil obtención por los medios tradicionales. Así lo revela la iniciativa tomada por un cacique al solicitar licencia para vender en la ciudad de Salta cera, miel, chaguar y otros productos (Santamaría y Peire, 1993: 96). Estos contactos con la sociedad colonial favorecieron de hecho las posteriores negociaciones de reducción en el caso de los mataguayo, algunos de cuyos "ladinos" eran perfectamente individualizados por haber trabajado en obras públicas de Salta. [11]

En las sociedades sin estado, sociedades anteriores a la "desventura" (Clastres, 1981), esto es, al nacimiento del Estado, podría plantearse como un indicio de su gestación la existencia de caciques que pactaban con los colonizadores, recibiendo de éstos no sólo un trato preferencial sino una "institucionalización" de su autoridad, practicada desde la propia concepción del poder por parte del mundo blanco. No obstante, al iniciarse el proceso pactista, encontramos ya en el ámbito chaqueño estructuras de poder que evidencian importantes cambios en la organización política de los grupos chaqueños, observándose la existencia de líderes dotados de gran poder y al mando de confederaciones para la defensa territorial ante el acoso colonial. Estos "frentes amplios" tenían sus antecedentes en las frecuentes alianzas concertadas entre los grupos del interior chaqueño -y también entre éstos y los grupos reducidos- para atacar los establecimientos coloniales fronterizos o las ciudades mismas y, en ocasiones, para actuar en una esfera extraregional. [12] En los años 1770 aparece en el escenario chaqueño una confederación toba-mocoví liderada por Paikin --   -cacique de este último grupo- para luchar contra los abipones, alianza que se mantuvo también para negociar con las fuerzas hispanas y concertar el establecimiento, en 1780, de dos reducciones en el Chaco: las ya nombradas San Bernardo de Vértiz (grupo toba) y Dolores de la Cangayé (grupo mocoví); estas fundaciones se concretaron finalmente -continuando con la gestión de Paikín- gracias a la intervención de su sucesor Queyaveri, "jefe de los caciques confederados" (Gullón Abao, 1994:101). Otra coalición importante fue la formada por chunupíes, malbalaes y sinipés (grupos excluidos del conglomerado de pueblos "ecuestres"), comandada por "el famoso cacique" Atecampibap (chunupí) quien, junto a los principales de las otras dos "naciones", solicitó reducción ante la comitiva de la expedición del coronel Arias. [13] Esta última confederación, liderada por un "caudillo nunca visto ni comunicado de los españoles", [14] revela la movilización de fuerzas y el aglutinamiento de grupos ante el fuerte clima de tensión interétnica en el espacio chaqueño y la posibilidad de negociar con las fuerzas hispánicas. Con relación a la existencia de estas confederaciones y cacicazgos extendidos a varias parcialidades, Palermo (1986:173) señala la disponibilidad de ganado y en especial la adopción del caballo entre los factores que pueden haber incidido en su aparición, al facilitar la formación de unidades más complejas mediante la aglomeración de bandas.

La presencia de un mando unificado, al que se alude en los tratados y demás testimonios como "gran caporal" o "primer caporal del Chaco" "a quien reconocen los demás", como era el caso de Paikín (Miranda Borelli, 1984: 258), suponía la existencia de un consenso al menos coyuntural a la implantación de un poder máximo para guerrear y negociar; en suma, la aceptación de una jefatura con suficiente carisma y poder como para hacer frente a los conflictos interétnicos y a la presión pionera sobre el Chaco. Ante la presencia de estos líderes, los españoles procedían a confirmar su autoridad de cara a la celebración de pactos. La "necesidad" de la jefatura parece alentar, por lo demás, un discurso colonial más benévolo en relación a los caciques, en el que no faltan ciertos halagos y alusiones más explícitas a tales jefes, consignándose sus nombres y destacando sus rasgos de carácter y presencia física (Vitar, 1997: 311). Ese tono elogioso puede apreciarse en el retrato del ya nombrado  Antecapibap, jefe de la confederación chunupí-malbalá-sinipé: "Es dicho general muy circunspecto y afable, sin que desmienta su señorío a su gratitud: es temido y respetado de los suyos", [15] o en los comentarios vertidos sobre el cacique mocoví Amelcoy, "indio en quien concurren las más bellas prendas que puede tener el más noble y racional". [16]

Además de las alianzas antes citadas, en el último cuarto del siglo XVIII encontramos referencias a las fuerzas confederadas formadas por los toba, guaycurú [17] y lengua, "liderados por el superior de las tres naciones", que buscaron un "convenio pacífico" con el gobierno de Santa Fe, dando lugar así a la suspensión de la entrada que se había programado desde el Paraguay "para contener los continuados combates de aquellas bárbaras naciones" (en Miranda Borelli, 1984: 260); a esta iniciativa de paz se sumarían también los mocoví, dirigidos por el cacique Etazorin (ídem). No obstante, la formación de un frente común para negociar con los blancos, que implicaba el fortalecimiento de las figuras que lideraban estas coaliciones temporarias, traerían como contrapartida la incorporación de un nuevo elemento en el juego de relaciones interétnicas ante la exigencia de mantener "alianza firme" con los españoles (en Levaggi, 1992: 318) conforme a lo estipulado en los tratados de paz.     La presencia de confederaciones es un fenómeno que se extiende más allá del periodo colonial como un recurso estratégico para la defensa del territorio ante el acoso militar de los gobiernos criollos; las alianzas interétnicas contribuyeron pues al afianzamiento de un tipo de liderazgo común a varios grupos, siendo su eliminación el principal objetivo de las campañas realizadas en territorio chaqueño a fines del siglo XIX (Trinchero, 1998: 192).

 

Los líderes y la dinámica fronteriza: pactos y reducciones

- Pactos

La celebración de acuerdos de paz constituyó un hito importante en la evolución de las relaciones hispano-indígenas en diferentes áreas del continente americano. [18] El desarrollo del pactismo pone de manifiesto la existencia de intensos intercambios pacíficos en zonas fronterizas conflictivas, desterrando el mito de la guerra perpetua entre españoles e indios, tal como sostiene Boccara (1996).

En el caso chaqueño contamos con el antecedente de los diversos pactos celebrados con los chaqueños en los siglos XVII y XVIII (Levaggi 1992), entre los que pueden destacarse las paces con los malbala y con los lule (grupos de la periferia occidental del Chaco sometidos por la expedición del gobernador Urízar en 1710), y las ajustadas por el gobernador Martínez de Tineo con los toba, abipón y malbalá entre 1749 y 1750. El papel de la jerarquía indígena en esta fase de la diplomacia fronteriza, aunque centrado en la función de garante de la sujeción del grupo reducido, no parece alcanzar el relieve que se le adjudica en el periodo que analizamos en este trabajo, en el cual el reconocimiento y legitimación de los líderes indígenas parece ir paralela al número de indígenas sobre el que ejercen su mando. Así lo demuestra la potestad reconocida en Paikin, el "gran caporal" del Chaco al mando de la confederación toba-mocoví, [19] cuya alianza se consideraba crucial para el dominio de estos dos grupos, con un largo historial de enfrentamientos con las colonias; al respecto, el Diario de Matorras se informa que tras las tratativas de paz con Paikin, "el número de indios de ambos sexos y todas las edades que vinieron a nuestro real fue mayor de que se puede referir; pudiera habernos puesto en algún cuidado, a no tener pacificados y de nuestra parte a los caciques". [20]

Conforme a los nuevos lineamientos de la política fronteriza, los caciques intervienen en algo tan crucial como lo es el emplazamiento de la futura reducción: mientras que en la paz firmada con los lule en 1710, se especificaba que "habían de vivir juntos en la vida política y social no en el paraje que ellos gustasen, sino en donde les señalase el gobernador de la provincia", en el acuerdo establecido con Paikin en 1774 se les aseguraba a los toba y mocoví, conforme a la demanda de sus caciques, los territorios "que han poseido sus antepasados" (Levaggi, 1992: 304 y 313).

Durante la etapa definida en este estudio una buena parte de la estrategia colonizadora descansa en el poder de los caciques y en su capacidad de lograr el acuerdo del grupo para respetar las paces y contribuir a la estabilidad de las reducciones, convertidas éstas en piedra fundamental para la organización y usufructo de la mano de obra indígena. La firma de pactos reconocía pues no sólo la necesidad de una cabeza visible al mando de los grupos chaqueños sino de que estuviera también dotada de consenso a fin de garantizar el cumplimiento de los acuerdos; durante la celebración de conferencias de paz con el cacique Paikín en 1774, se tenía por seguro que "todos los demás indios que en él reconocían superioridad seguirían gustosos el propio partido". [21] Ello aseguraba la continuidad de la política negociadora, alejando la amenaza de posturas encontradas en el interior de los grupos. Una dinámica tal imponía además el actuar con prudencia frente la jefatura, de modo que en caso de practicarse acciones ofensivas contra los indígenas, si bien habría de usarse el "rigor" de las armas -como se especificaba en ocasión de una campaña contra los pampas-, ello no debía extenderse a los caciques, mandándose que a éstos "reservasen la vida". [22]

El interés colonial por las paces y tratados que facilitaban la reducción de los indígenas chaqueños se debía a la posibilidad de incorporarlos al trabajo en las estancias, fuertes o plantaciones de caña de azúcar a través del conchabo, como efectivamente sucedió en las áreas fronterizas del Tucumán; esta circunstancia marcaría un gran paso en el camino hacia la integración laboral de los grupos chaqueños en las diversas actividades económicas del noroeste argentino. En esta zona, el crecimiento de la ganadería y la búsqueda de mayores extensiones para la pastura del ganado como así también el desarrollo de los cultivos de caña de azúcar a finales del siglo XVIII, impulsó a la búsqueda de acuerdos con los grupos guerreros chaqueños a fin de pacificar las fronteras y promover el normal desenvolvimiento de las actividades económicas antes mencionadas, fuertemente necesitadas de mano de obra.

La política de los pactos, conjuntamente con los cambios operados entre los grupos indígenas chaqueños como consecuencia de un contacto prolongado con el mundo blanco, contribuyeron a afianzar la jefatura en unas comunidades definidas por Clastres (1981) como "sociedades sin estado" y paradigmas de la igualdad; por su parte, los pueblos indígenas, acorralados en su territorio e inmersos en una dinámica de tensiones interétnicas, buscaron por la vía de las paces y tratados asegurarse al menos una porción de tierras y la protección hispánica frente a sus enemigos tribales. El fuerte y la reducción -binomio institucional típico de las fronteras tucumanas- se convirtieron en el refugio para escapar a las hostilidades de otros grupos; así por ejemplo, al fundarse la reducción de Zenta con los mataguayo, se estableció junto a ella un fuerte que los protegería de "tobas, chiriguanas y mocovíes con quienes se mantienen en continua guerra por hallarse confinantes". [23]

Las negociaciones fronterizas contribuyeron al reforzamiento de los líderes mediante el ejercicio de la función de portavoces del grupo a fin de encontrar una salida no sólo al asedio colonial sino también a los problemas subsistenciales o al acoso de otras etnias. Las rivalidades intra e intergrupales dentro del ámbito chaqueño podrían así haber dado paso a un vuelco de los líderes hacia las fronteras coloniales, buscando en el frente pionero una ratificación de sus poderes, ante su requerimiento de un mando legitimado con el cual negociar; de hecho, entre las promesas hechas a Paikin si accedía al acuerdo de paz, estaba la de que "sería perpetuo cacique de todas las parcialidades que lo seguían". [24] De este modo, por la vía del acercamiento al mundo colonial, los caciques afianzaban su autoridad, recibiendo no sólo la confirmación de la misma sino también toda una serie de dádivas y privilegios (mayor ración alimenticia, mejores viviendas, vestuario, etc.), que formaban parte indispensable de los tratados de paz. [25] Esta autoridad refrendada por el colonizador podría resultar otra faceta de la dependencia con respecto a la sociedad blanca, nacida y desarrollada al abrigo de los múltiples y diversos contactos fronterizos.

En cierto modo nos hallamos ante una jefatura "intervenida" por el poder hispánico: no sólo se utilizaba el influjo de los caciques para "juntar" a los de sus parcialidades tras acordar las paces, sino que también eran captados, aislados y manipulados en aras de mantener su fidelidad, prolongándose esta acción con sus descendientes [26] a fin de lograr la tan ansiada "afición al español". Así, entre las proposiciones que se le harían al cacique mocoví Etazorin y a los jefes toba y guaycurú para llegar a un acuerdo de paz con el gobierno de Santa Fe, figuraba la de "poner a los hijos de caciques a disposición de aquel Gobierno, para que los destine a las casas o parajes en que puedan ser ilustrados de la fe y demás virtudes personales" (en Levaggi, 1992: 317). Incluso la iniciativa de educar a los descendientes de caciques en colegios fundados exclusivamente con este fin, llegó a ponerse en práctica en Chile en el siglo XVIII (Boccara, 1996), a modo de propender a la preparación de una clase dirigente "controlada" por el mundo colonial.

Si bien los caciques y demás líderes chaqueños habían forjado su autoridad al fragor de las guerras interétnicos y de las mantenidas con las colonias, la privación de armas estipulada en los pactos, tal como puede verse en el tratado firmado con Paikín en 1774 (en Miranda Borelli, 1984: 257-258), desviaba parte del protagonismo bélico hacia el mundo hispánico; los caciques dejaban de ser "los señores de la guerra" al resultar mellada su capacidad de maniobrar de modo autónomo, desde el momento en que los colonizadores se acogían a la protección hispana frente a sus enemigos, [27] lograda a través de los fuertes que servirían de amparo a sus futuras reducciones.

Por otra parte, el papel tradicional de los líderes guerreros en la búsqueda de ganado y otros botines para el grupo se vería también afectado por el suministro de estos bienes a través de las negociaciones y de la vida reduccional. Estos mecanismos de obtención de recursos amenazaban con resquebrajar ciertas prácticas culturales, dentro de las cuales la búsqueda del alimento era una función esencial del sector de los guerreros (a través de las expediciones de caza o asaltos a las colonias), tal como lo indica el nombre dado a aquéllos entre los guaycurú: "Niadagaguadi, aquellos gracias a los cuales comemos" (Clastres, 1981: 235). [28] El nuevo sistema de relaciones fronterizas ofrecía pues nuevas vías para la obtención de un prestigio que antes era adquirido por los líderes a través de las operaciones guerreras y de la captura de botín; en el nuevo contexto, los bienes logrados y repartidos a la comunidad provenían de los pactos con sus antiguos enemigos.

Los acuerdos recortaban también las tradicionales funciones de los líderes guerreros a la hora de diseñar, mantener o modificar el sistema de alianzas: en las Instrucciones de Carlos III para la celebración de paces con los guaycurú se estipulaba -como en los tratados-, que los indios "deben declararse amigos de los amigos de los españoles y enemigos de sus enemigos en todo tiempo y ocasión" (en Miranda Borelli, 1984: 261). Era precisamente en esa nueva condición de aliados que los caciques aparecen acompañando "entradas" al Chaco [29] o sumándose a la marcha de expediciones como la de Matorras en 1774 y la de Arias en 1780. En calidad de integrantes de esas marchas los caciques indígenas obraban como estrategas al servicio de los colonizadores, brindando informaciones útiles sobre el terreno y sobre la situación de otras etnias chaqueñas.

La cuestión de los pactos nos conduce de modo insoslayable al análisis de la figura de los lenguaraces indígenas, personajes de suma importancia en el proceso de las paces y establecimiento de reducciones. Los antecedentes de la conquista chaqueña están plagados de anécdotas referidas a la intervención de los intérpretes de cara al sometimiento de un grupo y su reducción en las fronteras, funciones que por lo general era premiadas con el otorgamiento de grados militares. [30]

En el proceso de dominación del Chaco, se observa tanto el caso del indígena lenguaraz que ascendía a cacique como la existencia de caciques ladinos en lengua castellana, condición ésta que con el tiempo fue haciéndose indispensable para ejercer el liderazgo, ante el dinamismo del proceso negociador y la intensificación de las relaciones fronterizas; podía ocurrir también que el cacique contara con su propio lenguaraz, como era el caso de Juan Capistrano Colompotoc, "principal mandón" de los vilela de Macapillo. [31] En cualquier caso, el conocimiento de la lengua de los dominadores constituyó una vía de promoción a la hora de concertar los pactos, formar reducciones y distribuir cargos, [32] y también para un reconocimiento de los individuos principales en cuanto tales por parte del frente pionero, ya que el desconocimiento del español mantenía a algunos jefes en la sombra, como era el caso de algunos "mandones" mataguayo que "por no ser ladinos son incógnitos". [33]

 

- Reducciones

La administración jesuítica había ya dado ejemplo de cómo proceder con los caciques, a quienes, en virtud de su ascendiente, se "captaba" a los efectos de mantener sujeto al grupo durante las tratativas de paz. Durante la administración franciscana, la debilidad del sistema reduccional y las tareas encomendadas a los caciques y demás "mandones" sobre todo en orden a evitar la dispersión indígena de cara al usufructo de mano de obra hace que dichos jefes cobren mayor protagonismo. Ya en el mismo acto fundacional pone en primera línea al cacique, que se ocupa de "cortar ramas, arrancar yerbas y las más demostraciones y actos de posesión correspondientes". [34]

Una vez establecida la misión, se respetaba el orden jerárquico vigente en los grupos y se le hacía depositario de privilegios, sin que esto llegase a alterar la suprema autoridad del misionero (Santamaría, 1994: 59). Bajo el régimen reduccional quedaba "oficializada" una jerarquía de poderes encabezada por el cacique principal -llamado a veces "gobernador" o "mandón general"-, seguido por otros caciques de menor rango y por toda una serie de cargos subalternos; la existencia de los mandos superiores antes señalados junto a capitanes, alcaldes y oficiales, refleja la existencia previa de un orden jerárquico dentro del grupo, del que derivaría el mayor o menor protagonismo en el proceso negociador y por ende la posterior distribución de cargos realizada por los conquistadores.  Respecto de la duración del mandato de los caciques "gobernadores", el Diario del comandante Arias consigna el periodo de cinco años, a menos que el cura, virrey o gobernador "lo quisiesen remover"; [35] no obstante, en dicho testimonio se hace referencia al carácter "vitalicio" de ciertos caciques como Lachiriquin, que sucedió a Paikin -confirmado a su vez a perpetuidad durante la expedición de Matorras- al mando de los mocoví. Para los fiscales, alcaldes y alguaciles, la duración del mandato se fijaba en un año y en su elección intervenían el cura, el cacique  gobernador, el alcalde y el alguacil electos. [36]         

La elección de los sucesores al cacicazgo era practicada por las autoridades coloniales siguiendo la línea hereditaria, conforme a las tradiciones indígenas; incluso la presencia de la familia del cacique (de sus hijos o mujeres) en hechos de trascendencia para la vida de la comunidad como sucedió con las tratativas de paz entre Paikin y Matorras [37] revela la solidez de estos linajes dirigentes en la vida de las comunidades chaqueñas. La parentela del cacique actuaba en ocasiones como "embajadora" del cabeza de familia, repitiéndose con la misma los elogios y agasajos a modo de prolongación del reconocimiento brindado al principal; así, la comparecencia de Paikin ante la expedición de Matorras fue antecedida por una comitiva encabezada por una hermana suya, "a quien en su lengua veneraban en calidad de princesa, y desde luego a su modo de compostura demostraba más nobleza que todos los demás", siendo obsequiada por el gobernador junto a su marido e hijos. [38] Tanto estos agasajos como la práctica de respetar el sistema hereditario en el gobierno de las misiones apuntaban a consolidar un linaje dirigente. En las misiones, el mantenimiento de un régimen sucesorio conforme a las costumbres indígenas ofrecía cierta garantía de continuidad en el entendimiento alcanzado con ciertos caciques; así, en ocasión de elegirse nuevo cacique en la reducción lule de Miraflores en razón de la elevada edad del titular, fue designado a su nieto, [39] "por su inteligencia notoria en la lengua española", y "con la condición de tomar consejo a su abuelo". [40] Si bien se respetaban los lazos de sangre a los efectos de elegir a los sucesores, también en este aspecto se operaron cambios que afectaban a la idiosincracia de los grupos chaqueños, pues nuevos requisitos parecen sumarse a los tradicionales para heredar el cacicazgo; a las consabidas habilidades guerreras -entre los abipón, por ejemplo, para acceder al cacicazgo había que ser "noble" y "guerrero" (Furlong, 1938: 50)- los líderes debían, dentro de la dinámica negociadora, ostentar otras habilidades como la de comunicarse en la lengua de los conquistadores.

Las funciones encomendadas a los principales en las misiones volvían indispensable el aprendizaje de la lengua española, [41] prefiriéndose a aquellos que como el nuevo cacique elegido en Miraflores en 1773, reunía las virtudes de "saber leer y escribir para el mejor gobierno de este pueblo". [42] Dada la importancia del censo en las reducciones, practicado normalmente en las Visitas, eran convocados los principales obrando de portavoz el más "ladino" en la lengua española". [43] El conocimiento del español legitimaba aun más a los líderes, que debían asegurar la sujeción de los indígenas e intervenir sobre todo en las organización del conchabo en las unidades productivas del ámbito fronterizo.

Una cuestión importante para el seguimiento de la evolución de la jefatura entre los grupos chaqueños es el esclarecimiento de las relaciones entre los líderes de la guerra y los chamanes a lo largo del proceso pactista y de la vida reduccional. Con relación a los chiriguano, Saignes (1990) ha señalado el papel de "pacificadores" desempeñado por los líderes chamánicos de acuerdo con la tradición guaraní, lo que acarreaba graves disensiones en caso de decidir las autoridades civiles una acción armada contra las colonias. En lo referente al Chaco, este conflicto de poderes entre líderes políticos y chamanes se ha observado en la misión lule de Miraflores (la primera misión fundada en la frontera del Tucumán) en 1710. La crónica de Lozano (1941) hace referencia a la acción de "tres líderes" que habían organizado una auténtica campaña en contra del bautismo para desestabilizar la flamante reducción; es probable que se tratase de chamanes -"tres diabólicos ministros", les llama el cronista (ídem: 398-400)-, empeñados en entorpecer la labor del misionero. El episodio relativo a los lule es de sumo interés, en tanto que narra además las adulaciones y agasajos que el misionero hizo a los tres caudillos rebeldes, a fin de vencer sus resistencias. [44] La sumisión de los jefes civiles a los requerimientos coloniales bien podrían haber provocado el descontento de los líderes religiosos ante lo que se consideraba un avasallamiento de las tradiciones; entre los chiriguanos, los líderes civiles se volcaron hacia la negociación con los blancos como una salida a la presión chamánica, sustrayéndose a su mensaje apocalíptico, que amenazaba con terribles castigos si no se respetaban las costumbres ancestrales (Saignes, 1990: 35 y 96). En circunstancias tales, también podría ocurrir que los líderes políticos recurriesen al misionero para inclinar a su favor la balanza, siendo ésto un factor a tener en cuenta para explicar los reiterados pedidos de reducción formulados por los líderes chaqueños en ciertas fases del proceso de conquista y evangelización operado desde el Tucumán, tal como se observó entre los chiriguanos. [45] La presencia del misionero significaba el advenimiento de un liderazgo místico que competía con el chamánico, contribuyendo a ahondar los conflictos de liderazgo en el grupo. En este sentido, Saignes (1990: 95), ha destacado la figura de los doctrineros como desencadenantes de mayores tensiones al exacerbar las rivalidades existentes en el interior de los grupos.

En lo que respecta a los diversos grupos chaqueños reducidos en esta etapa, los datos con los que contamos indican una mayor resistencia de la jefatura al dominio colonial en el caso de los toba de la misión de San Ignacio en Jujuy. Si bien aparecen en la etapa estudiada diversos caciques de esta "nación" solicitando reducción, al extenderse el sistema del conchabo de indios reducidos en las haciendas, no tardaron en rebelarse y acudir al viejo sistema de alianzas con los grupos del interior chaqueño para atacar establecimientos coloniales. Gullón Abao destaca la gran resistencia de los tobas al trabajo en las unidades productivas coloniales, comentando al respecto el motín encabezado por el cacique Feliciano tras el reparto de jóvenes de la reducción para trabajar en las haciendas azucareras de Salta, episodio que acabó con una posterior fuga al Chaco (Gullón Abao, 1994: 283-284).

Entre los caciques mocovís, junto a Pakín aparecen Lachiriquin, Coglochoquin, Alogoiquin y Quiagarri (Miranda Borelli, 1984:255), participando de las gestiones para el establecimiento de misiones en territorio chaqueño; como ya se comentara, estos pueblos no prosperaron, entre otras causas, por la resistencia indígena a la sedentarización, aceptada por los líderes como una estrategia de sobrevivencia ante las dificultades vividas en el ámbito chaqueño.

Los grupos lule y vilela -tradicionalmente considerados de "suave índole"- experimentaron más que otros la "agregación" de reducciones, aspecto éste de gran interés en cuanto a su posible incidencia en las estructuras de liderazgo indígena. Los grupos chunupíes -"parcialidad" de los vilela que permanecían irreductibles en el Chaco- también entraron en la dinámica de las paces, en acuerdo con grupos malbalaes y otras parcialidades vilelas, solicitando reducción entre el piquete de Pitos y el fuerte de San Fernando, llegándose a firmar unas paces similares a las de Matorras durante la expedición de Arias en 1780. Los caciques vilelas tuvieron un papel destacado en la gestión de un buen emplazamiento para la misión, y también en la defensa de sus tierras ante el proceso de expansión económica del Tucumán (haciendas, cañaverales); así lo demuestra la protesta del cacique de Macapillo, Bernardino Madeta, al disponerse el traslado de su grupo a Miraflores para ocupar las tierras de aquella su reducción para invernar mulas, el gran negocio del Tucumán colonial (Gullón Abao, 1994:310).  

Del grupo abipón sabemos que en la etapa estudiada los reducidos en la jurisdicción de Santa Fe mantenían fuertes rencillas con los tobas y mocovís, bajo el liderazgo del cacique Benavídez, fuertemente enemistado con las fuerzas coloniales, a pesar de su antigua colaboración en las entradas practicadas contra los abipones de San Jerónimo y otros grupos chaqueños. [46]

En el caso de los matacos, su ya tradicional participación en el sistema de conchabo para trabajar en las haciendas de Salta (cuidando del cultivo y del ganado) o en las obras públicas de esta jurisdicción, favoreció una mayor flexibilidad a la hora de negociar con el mundo blanco. Los caciques conducían los intercambios con la sociedad colonial bajo la forma antes reseñada y también mediante intercambios comerciales; en contraste con la resistencia toba, en 1799 vemos al cacique Amaya junto con unos capitanes mataguayos negociando sus productos (miel, cera, madera, etc.) y gestionando el conchabo en haciendas azucareras (Gullón Abao, 1994: 334). Precisamente esta intervención de los caciques en las tratativas para el conchabo se convirtió en una de las facetas claves de su actuación en el nuevo contexto fronterizo; capitanes, caciques y mandones participaban activamente en la confección de padrones y, es de suponer, en la organización del grupo para trabajar en los establecimientos coloniales de la frontera, actuando como "reclutadores primarios de trabajo aborigen" (Santamaria y Peire, 1993: 100). En el marco de estas nuevas prácticas las atribuciones otorgadas a los caciques dieron lugar a ciertos abusos de poder, hasta el punto de apropiarse del producto obtenido por los indios en el conchabo (ídem).

Dentro de estos contactos fronterizos, la presencia de intercambios comerciales es de interés, por cuanto pudo haber conducido, ante la necesidad del mundo colonial de acceder a ciertos productos que los indios recogían en sus actividades recolectoras (el caso de la miel, sobre todo), a un trato más continuado y adulador de los caciques. Estas circunstancias pueden compararse con las vividas por los grupos pampas y tehuelches de la Patagonia en sus relaciones con el mundo hispánico, observándose entre ellos una verdadera jerarquización de los cacicazgos (riqueza, poder político) por la participación en circuitos mercantiles complejos (Nacuzzi, 1998: 172). En lo que se refiere al ámbito chaqueño, cabría ahondar en el papel desempeñado por los caciques en los intercambios comerciales mantenidos al margen de la legalidad, en los que también intervenían diversos sectores marginales y los portugueses (Santamaría, 1998); estas circunstancias creaban un campo para el entrenamiento de la jefatura en el desarrollo de tratos mercantiles que les suministraban principalmente armas, posibilitando no sólo un refuerzo de su capacidad bélica sino también una flexibilidad negociadora para atender a la oferta de integración en otros circuitos comerciales.

Conclusiones

Desde los primeros contactos con el mundo chaqueño, la visión colonial de los diferentes grupos había congelado la imagen de pueblos sin fe, sin ley, sin rey. El vacío político que los conquistadores encontraron ante la presencia de un sistema organizativo que no se ajustaba a los cánones clásicos de ejercicio del poder, derivaría en una potenciación de la figura de los líderes a la hora de negociar la pacificación de los diferentes pueblos chaqueños. En ese cambio de estrategia los colonizadores se enfrentaron con un liderazgo militar consolidado, extendido a varias parcialidades y a diversos grupos étnicos, surgido de la necesidad de aliar esfuerzos para la defensa territorial ante la progresiva avanzada del mundo blanco.

En la nueva etapa de colonización del Chaco marcada por la gestión franciscana de las ex reducciones jesuíticas y por el despliegue de una nueva política fronteriza, los líderes indígenas sirvieron de vehículo para la integración progresiva de sus respectivos grupos en la maquinaria laboral colonial. El proceso de expansión económica experimentado por el Tucumán (crecimiento del frente ganadero y de las empresas azucareras) ejerció una fuerte presión en el sentido de la demanda de mano de obra y de tierras, que se obtuvieron en detrimento de la integridad del sistema reduccional y de la existencia de grupos étnicos diferenciados. En esta línea de aparentes renuncias, el jefe indígena buscaba también a través de los pactos garantizar -mediante el asentamiento en reducciones- una cierta seguridad para su grupo, atendiendo a los nuevos condicionamientos del propio ámbito chaqueño y al avance hispánico sobre las zonas fronterizas. No obstante, estos líderes consolidados durante el proceso de negociación, una vez reducido el grupo pasaban en cierta medida a convertirse en figuras dependientes de los misioneros y capataces de haciendas, en el marco de una progresiva desintegración de la vida reduccional y de inserción en la sociedad colonial.

Fuentes Documentales:

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- Audiencia de Buenos Aires: legajos 13, 49, 143 y 244.

- Audiencia de Charcas: legajo 220.

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"Diario de la Primera Expedición al Chaco emprendida en 1780 por el coronel D. Juan Adrián Fernández Cornejo", en Colección de Obras y Documentos para la Historia Antigua y Moderna del Río de la Plata..., Vol. VIII-A.

"Diario de la Expedición Reduccional del año de 1780 mandada practicar por orden del Virreu de Buenos Aires a cargo de su ministro D. Francisco Gabino Arias, coronel de Infantería San Fernando", en Colección de Obras y Documentos para la Historia Antigua y Moderna del Río de la Plata..., Buenos Aires, Imprenta del Estado, Vol. VI.

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